El caso de los mineros secuestrados y asesinados en Concordia no es una tragedia aislada: es la fotografía más cruda de un país donde el gobierno parece incapaz de cumplir su función básica de proteger la vida y donde amplias regiones se deslizan hacia la lógica de un Estado fallido.
Los cuerpos sin vida localizados hasta la tarde de este lunes, cinco de ellos de los mineros privados de la libertad el 23 de enero, no son solo una estadística macabra: son la confirmación de que en México hoy se mata para extorsionar, se desaparece para imponer miedo y se sepulta para borrar evidencias.
Aquí no hablamos de capos ni de jefes empresariales. Hablamos de empleados comunes, profesionistas que salían cada mañana a cumplir con su jornada, padres que sostenían hogares, hijos que eran la esperanza de sus familias, hermanos que no regresarán a la mesa.
Los secuestraron, los asesinaron y los enterraron en fosas clandestinas como si sus vidas no valieran nada. Como si fueran fichas en una negociación criminal para enviar un mensaje brutal: aquí mandamos nosotros, aquí se paga cuota, aquí no hay autoridad que se interponga.

Ese mensaje es el que más duele. Porque no solo es la violencia del crimen organizado; es la sensación de abandono que deja la respuesta oficial, siempre tardía, siempre reactiva, siempre insuficiente.
Un gobierno que no logra impedir que trabajadores sean utilizados como moneda de cambio es un gobierno rebasado. Uno que no puede blindar ni la seguridad de sus ciudadanos ni las inversiones extranjeras que llegan a generar empleo es un gobierno que pierde credibilidad día tras día.
Concordia es hoy sinónimo de horror, pero no es una excepción. Sinaloa tampoco. El mapa de la violencia se extiende por todo el país, donde los cárteles, secuestradores y extorsionadores se comportan como auténticos poderes fácticos. Deciden quién entra, quién sale, quién trabaja y quién muere. Imponen reglas, cobran impuestos ilegales, castigan al que no se somete. En demasiados lugares son, en los hechos, el verdadero gobierno.
Y mientras tanto, desde el discurso oficial se insiste en que todo está bajo control. La simulación se vuelve insultante cuando se contrasta con la realidad de comunidades convertidas en narcocementerios, donde se especula que podrían yacer cientos de restos de personas desaparecidas en los últimos años, sobre todo en el sur del estado.

Cada fosa clandestina es un expediente abierto contra la inacción institucional; cada cuerpo recuperado, una acusación directa a la incapacidad para prevenir.
Lo ocurrido con los mineros es la barbarie más reciente, pero duele admitirlo: difícilmente será la última. No mientras los criminales sigan operando con la certeza de que pueden secuestrar, matar y enterrar sin consecuencias. No mientras las familias tengan que esperar días, semanas o meses para obtener respuestas, aferradas a la esperanza de encontrar con vida a los suyos, solo para recibir la noticia más devastadora.
Porque detrás de cada casco y cada uniforme había una historia: niños que hoy preguntan por qué papá no vuelve, madres que no podrán despedirse, esposas que quedaron con un futuro roto en pedazos. La discusión sobre seguridad pública se vuelve insoportablemente abstracta cuando se olvida esto. No son cifras. Son vidas arrancadas.
Concordia no necesita discursos ni condolencias oficiales: necesita autoridad real. Mientras el gobierno siga llegando después de las fosas y no antes de los secuestros, la impunidad seguirá dictando la ley. Cinco mineros muertos son cinco pruebas de un Estado que falló en su obligación más básica. Y cuando el Estado falla en proteger la vida, todo lo demás es propaganda.



























