El atentado contra los diputados locales de Movimiento Ciudadano, Sergio Torres Félix y Elizabeth Montoya, no es un hecho aislado ni un episodio fortuito en la larga lista de agresiones que han marcado la vida reciente de Sinaloa.
Es, otra vez, la evidencia brutal de que la estrategia para contener la violencia en el estado —si existe una coherente y sostenida— no está dando resultados. Culiacán, epicentro de una narcoguerra que parece no tener final, volvió a ser escenario de un ataque que sacude a la clase política y confirma una verdad incómoda: aquí nadie está a salvo.
Los disparos se escucharon a plena luz del día, en calles transitadas, después de que los legisladores salieran del Congreso local. La escena es tan repetida que casi pierde capacidad de asombro: hombres armados que irrumpen, disparan y huyen; autoridades que montan operativos; comunicados oficiales que prometen justicia. Mientras tanto, la ciudad sigue viviendo bajo la ley del miedo.
Tras el homicidio de Héctor Melesio Cuén, una de las voces opositoras más visibles en Sinaloa, este ataque es el de mayor impacto político en años recientes. Y lo es no sólo por las víctimas, sino por el mensaje implícito: ni los representantes populares, ni quienes se mueven en los círculos del poder, están blindados frente a la violencia.
Los grupos criminales continúan comportándose como dueños de las calles, capaces de matar, secuestrar, abandonar cuerpos mutilados, colocar narcomensajes, incendiar casas y negocios, robar vehículos y desaparecer personas con una impunidad que se ha vuelto cotidiana.
Se saben intocables. Y con esa certeza actúan.

Los diputados sobrevivieron al ataque inicial y permanecen hospitalizados, luchando por su vida. El gobernador Rubén Rocha Moya ordenó de inmediato un operativo para dar con los responsables, una reacción obligada ante la gravedad del hecho. Ninguna vida vale más que otra, pero sería ingenuo negar el peso político de un atentado directo contra legisladores en funciones.
La condena nacional no tardó en llegar: Jorge Álvarez Máynez habló de una crisis de violencia que ha rebasado todos los límites; Alejandro Moreno describió a Sinaloa como un estado atrapado entre sangre, miedo y tragedia. Palabras duras, sí, pero que retratan lo que miles de sinaloenses viven a diario.
En Culiacán no hay excepciones. No están seguros los políticos, ni los gobernantes, ni los policías, ni la gente común que sólo quiere salir a trabajar y regresar con vida a casa. La normalización del terror es quizá el signo más alarmante de este tiempo: balaceras que ya no sorprenden, colonias sitiadas, comercios cerrados, familias que viven pendientes de los reportes de último momento.

Ahora vendrán las investigaciones. O eso se promete. La Fiscalía de Sinaloa tiene ante sí la obligación de ir más allá del expediente rápido, del culpable conveniente, del relato endeble que intenta cerrar un caso sin explicar nada. El recuerdo del confuso y polémico manejo del asesinato de Héctor Melesio Cuén sigue fresco, y la desconfianza ciudadana es tan profunda como la herida abierta por la violencia.
Las preguntas se acumulan y ninguna tiene respuesta clara: ¿quién ordenó el ataque?, ¿por qué?, ¿a quién iba dirigido el mensaje?, ¿quién puede ser el siguiente? Pero, por encima de todas, persiste la que retumba en cada conversación, en cada esquina, en cada hogar de Sinaloa: ¿hasta cuándo?



























